Tiempo Ordinario
Respira profundo y coloca en las manos de Dios todas tus heridas. Ten confianza en la fuerza del amor que Dios pone en ti, suficiente para ayudarte a sanar.
No tengan miedo. Yo no puedo ponerme en lugar de Dios. Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios cambió ese mal en bien para hacer lo que hoy vemos: para salvar la vida de mucha gente. Así que no tengan miedo. Yo les daré de comer a ustedes y a sus hijos. Así José los tranquilizó, pues les habló con mucho cariño.
Génesis 50:19-21
Cuando tenemos el impulso del amor de Dios en nuestros corazones, podemos tener una perspectiva más clara sobre lo que nos sucede en la vida. Es de resilientes ver el lado bueno, ver el medio vaso lleno, ver la luz que queda en el umbral; es en esos pequeños intentos de estar en la gracia que vemos los milagros en nuestra vida. José no solo respondió a la necesidad de sus hermanos, vale la pena reflexionar en el cómo lo hizo, no lo hizo de mala gana, lo hizo con ternura y recalcando que verdaderamente los ayudaría y los conforto ofreciendo un espacio seguro. El impulso del amor de Dios nos provee fuerzas para hacer justicia en medio de la herida y así no solo buscar una sanidad individualista sino una que cambie todo nuestro panorama. La gracia que mostró José no se logró con venganza ni con rapidez, sino con misericordia y tiempo para sanar.
La ternura divina se manifiesta en la acogida, la escucha y el acompañamiento. Dios abraza la fragilidad humana y sana desde el amor.— Inspirado en Henri Nouwen, «El sanador herido».

Karla Sánchez Rivera
Pregunta para reflexionar: ¿Con quiénes debes actuar con misericordia durante este tiempo?
Dios de la vida, enséñame a ver con tus ojos lo que me ocurre en la vida. Solo así tendré la paz que solo tú me puedes dar. Amén.
Reflexiona sobre tu propia vida: ¿Cuál es el papel que asumes? Te invito a perdonar y ser perdonado (a).
