Tiempo Ordinario
Respiro profundo y me detengo en la presencia de Dios. Dejo a un lado mi propia prisa y abro el corazón para dejarme guiar por su verdad.
No quiero decir que ya lo haya conseguido todo, ni que ya sea perfecto; pero sigo adelante con la esperanza de alcanzarlo, puesto que Cristo Jesús me alcanzó primero. Hermanos, no digo que yo mismo ya lo haya alcanzado; lo que sí hago es olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme por alcanzar lo que está delante, para llegar a la meta y ganar el premio celestial que Dios nos llama a recibir por medio de Cristo Jesús.
Filipenses 3: 12-14
A lo largo de esta semana hemos recorrido los mandamientos y la sabiduría de las Escrituras, no como una carga de perfección, sino como un camino de restauración. Pablo nos recuerda la belleza de la fe: ser creyente no significa tener la vida totalmente resuelta ni ser impecables, sino ponernos en marcha.
El Evangelio nos libera del peso del pasado, de las culpas que frenan el avance y del perfeccionismo que paraliza. Dios ya nos abrazó primero en Cristo; por eso, nuestra meta no es ganar su favor, sino responder a su amor con cada paso. Mirar hacia adelante es confiar en que la gracia divina renueva nuestras fuerzas cada mañana, invitándonos a caminar ligeros, con esperanza y la mirada fija en el amor que nos transforma.

William Muñiz
Pregunta para reflexionar:
¿En qué debe enfocarse tu mirada hoy?
Dios de esperanza, gracias porque tu gracia nos libera de la exigencia de la perfección. Hoy pongo en tus manos aquello del pasado que me cuesta soltar, especialmente…
(Tómate un momento para nombrar ante Dios lo que necesitas dejar atrás para seguir adelante)
Danos valentía para perseverar en el camino y avanzar con gozo hacia el propósito al que nos llamas en Jesús. Amén.
Ve en paz. Camina con la certeza de que Dios guía tus pasos, restaura tu vida y renueva tu esperanza. Sé un reflejo de su amor, luz y gracia para cada persona en tu camino. Amén.
